Palabras del Sr. Rector en ocasión de celebrarse el Bicentenario
Dice bien Juan Bautista (*) que somos argentinos, cualidad que no hemos elegido pero que nos ha tocado en gracia. Algunos dirán que somos argentinos y a mucha honra, otros que somos argentinos, mal que nos pese, otros que somos argentinos pese a todo, y otros que somos argentinos y es lo que hay, pero creo que ninguno de nosotros cambiaría el ser argentino por nada del mundo.
Somos hijos de esta tierra a la que los argentinos de tradición americana le llaman la pachamama, la madre tierra, y los de tradición europea la patria, la tierra de los padres. Unos y otros coinciden en reconocer en Argentina a esa misma madre, grande, profunda, generosa, que nos da la vida, que nos modela el alma, que nos hace hermanos a todos sus hijos. Y hoy esa madre, nuestra madre, decimos que cumple 200 años.
Y no me negarán, sobre todo aquellos que tienen más años, que los cumpleaños son fechas hermosas pero complicadas. Están los necesarios balances, que no siempre son tan positivos como nos gustaría, y no se puede evitar el reencuentro con familiares que acaso no tengamos muchas ganas de ver. En el cumpleaños de mamá nos encontramos todos.
Pero si el balance entre lo que soñamos ser y lo que somos puede ser descorazonador, la evocación de mayo está allí para señalarnos el camino. La Revolución no se hizo en un día, el camino no estuvo rodeado de rosas y tanto hubo avances como retrocesos. La lucha por la independencia tuvo hitos magníficos, como los que celebramos con orgullo en las fiestas cívicas, pero tuvo también miserias, mezquindades, renuncios y bajezas al por mayor. Sin embargo, a dos siglos vista, el que estemos muy lejos del destino de grandeza que proclamábamos no es obstáculo para que miles de argentinos estén construyendo el futuro, trabajando, estudiando, creando, investigando, haciendo algo en fin por el otro, por la tierra que nos da la vida, por la patria que le da sentido a esa vida.
Nos vamos a encontrar, alrededor de la mesa del festejo, los que, como buenos hermanos, nos hemos dedicado sistemáticamente a odiarnos: federales y unitarios, porteños y provincianos, conservadores y radicales, peronistas y antiperonistas, civiles y militares,.. el bicentenario nos invita a sentarnos en la misma mesa y a mirarnos a la cara. Y, ¡vamos! lo más probable es que nos demos cuenta que, nos guste o no, todos tenemos un aire de familia que no podemos ocultar, Y quizá, en honor a la que es madre de todos, reconoceremos que no es justo ni honesto echarle siempre las culpas al otro. Que si los argentinos seguimos sintiéndonos más cómodos en el conflicto que en la búsqueda del consenso, no es por la responsabilidad exclusiva de tal o cual sino porque aún no tenemos la grandeza de postergar los intereses individuales en aras de un proyecto común.
No es asunto nuevo. Belgrano, el más genuino de los padres fundadores de nuestra libertad, decía en aquellos días: “Me hierve la sangre, al observar tanto obstáculo, tantas dificultades que se vencerían rápidamente si hubiera un poco de interés por la patria.” San Martín, en su momento, escribía: “Transemos nuestras diferencias; unámonos para batir a los … que nos amenazan y después nos queda tiempo para concluir de cualquier modo nuestros disgustos en los términos que hallemos por convenientes sin que haya un tercero en discordia que nos esclavice”. Y nuestra homenajeada de hoy, que es vieja y sabia, lo sabe bien.
Renan decía que la patria es el resultado de un largo pasado de esfuerzos, de sacrificios y de desvelos, de reconocer las glorias comunes del pasado y de tener una voluntad común en el presente, de haber hecho grandes cosas juntos y querer seguir haciéndolas aún. Hoy, que por respeto a sus doscientos años hacemos una pausa en nuestras tareas para saludarla, es una buena oportunidad para pensar cuáles son esas grandes cosas que podríamos hacer por ella.
Y estoy seguro que si le preguntáramos, como toda madre en todos los tiempos, nos diría que el mejor regalo es portarse bien, no pelearse entre hermanos, cumplir con nuestros deberes y acordarnos de ella cada noche antes de irnos a dormir. Parece poco, pero no mucho más pedía el Nazareno al decir que toda la ley se podía resumir en no hacer a los demás lo que no nos gustaría que nos hicieran a nosotros.
Y así es como un homenaje cívico se convierte en una reflexión ética. Tal vez porque la Revolución de Mayo estuvo inspirada por la idea rousseauniana de que la libertad y la virtud eran las caras de una misma moneda. O, simplemente, porque creo que todo lo que hemos hecho en los doscientos años pasados y lo que haremos en los próximos, no serán más que fuegos fatuos si no son guiados por sólidos principios morales.
(*) ver palabras de Juan Bautista Canavesi y Valentina Pecorelli en ocasión del Bicentenario














